Emulando a Donald Trump, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, anunció hace unos días que ha ordenado al Gobierno Federal que anule todas las suscripciones al diario Folha de S. Paulo, el principal de su país, en protesta por la cobertura que hace de su gestión. La Casa Blanca anunció justo unos días atrás una medida similar pero de alcance menor: la sede de la presidencia estadounidense anulaba la compra diaria de los diarios The New York Times y The Washington Post, los más influyentes de EE UU. Profundamente disgustados con el escrutinio de la prensa, ambos mandatarios comparten un discurso de confrontación constante a los medios, a los que acusan de ser fábricas de noticias falsas, desde las campañas electorales que los llevaron al poder en los dos mayores países de América.

La confrontación de Bolsonaro  con a Folha incluyó una amenaza a los anunciantes, dos días después de responder a una exclusiva del influyente grupo Globo con la advertencia de que en 2022 puede tener dificultades para renovar su licencia. Bolsonaro deja claro casi a diario que está indignado con la cobertura de los grandes medios, pero la primicia de Globo le tocó un nervio porque tiene un enorme potencial dañino para su presidencia. La revelación de que su nombre aparece en la investigación sobre el asesinato de la política izquierdista Marielle Franco, perpetrado el año pasado supuestamente por dos expolicías militares, cayó como una bomba en Brasil. En plena noche y notablemente agitado, el mandatario grabó un vídeo para negar la acusación y atacar “este periodismo podrido y villano de la TV Globo”.